En diversos países del mundo se erigen monumentos de tumbas a soldados desconocidos que murieron sin haber podido ser identificados, como una manera de ser honrados o como una manera de ser recordados.
Aunque no podemos hablar de soldados, sí podemos hablar de seres humanos con historias propias que sin ser identificados han muerto intentando cruzar la frontera común de México con Estados Unidos. Cuántas tumbas de inmigrantes sin nombres podríamos contar, cuántos hombres, mujeres y niños llenos de esperanza intentando llegar al país de los sueños, donde se cuenta existe la abundancia, un mejor nivel de vida y mayores oportunidades de educación que las existentes en sus países de origen.
Si bien, el movimiento migratorio de México hacia los Estados Unidos, el cual incluye la migración de cientos de centroamericanos y otros países latinoamericanos, no es un fenómeno único y exclusivo de este continente. Como tampoco es un fenómeno históricamente nuevo ni para los Estados Unidos, ni para México. Baste mencionar en el caso de Estados Unidos, la gran migración de italianos, irlandeses y alemanes durante 1900 hasta la mitad del siglo XX. En México, los capítulos de épocas mucho más viejas como 1275, cuando los propios mexicas fueron considerados migrantes pobres y nómadas en busca de mejores oportunidades en el valle de México y quienes fueron sometidos al señorío tolteca por un tiempo para posteriormente consolidarse como lo que después sería una gran nación, Tenochtitlán.
En cada una de estas etapas históricas y en cada una de estos eventos, aunque las historias parecen cíclicas e iguales, es importante destacar la individualidad de cada experiencia que no puede dejarse perder en aras del gran número de casos contados. Se sabe que cientos de inmigrantes intentan cruzar hacia los Estados Unidos diariamente, pero se olvida que cada caso lleva en sí un drama personal, con propias pasiones, necesidades y sueños que impulsan a estos hermanos a lograr su cometido.
Entre estas tantas historias, Víctor, Eduardo y Bernal, oriundos de San Luis Potosí, donde según me contaron también se registran ya ciudades con una mayoría femenina debido al alto porcentaje de hombres que migran a los Estados Unidos, son de los nombres que no se contarán entre la lista de tumbas de inmigrantes sin nombre y quienes continuarán luchando por ser reconocidos legalmente en los Estados Unidos.
Trabajadores de la “yarda” en Charlotte, afanosos embellecedores de paseos y calles estadounidenses, donde parecieran estar a la sombra de la vida cotidiana de cientos de americanos, Víctor, Eduardo y Bernal no sólo contribuyen a la economía de este país como cientos de indocumentados en distintos puntos del país, sino también continúan engrosando la densidad de esta minoría, que por supuesto pagan un alto precio: el de dejar a sus padres ancianos, a sus esposas, el de renunciar ver crecer sus hijos, el de estar limitado socialmente y culturalmente en un país totalmente nuevo, el de no poder alegar libremente sobre sus derechos constitucionales porque no pueden ser contados como legales, entre algunos otros.
Que esta nación tendrá que asimilar a esta población tarde o temprano como lo hicieron los toltecas con los mexicas o los americanos con los italianos, irlandeses y alemanes, es solo cuestión de tiempo. Pero en tanto, es posible que se sigan contando más tumbas de inmigrantes sin nombre que no lograron cumplir su sueño personal. |